La Memoria de los Sentidos

Noelia Rico Berbel (estudiante de prácticas de Nutrición en la UMH)

El mundo está en continuo movimiento a pesar de su quietud aparente. La Tierra, el Sol, la Vía Láctea, el Universo, todo en conjunto está en una dinámica de cambio. Los sentidos son los encargados de informar de éstos, pero a veces generan confusión.  De esta forma, aunque parezca que hay cosas que no cambian, todo está en continua actividad. Las células del organismo o las ideas en continua renovación gracias a nuestra actividad cerebral, son claros ejemplos de ello. Los cambios del entorno son percibidos mayoritariamente a través de los sentidos, por ejemplo en los ojos en forma de señales eléctricas. Sin embargo, este papel clave que ejercen los sentidos se debe en parte a la “memoria”. En las siguientes líneas vamos a aclarar estos aspectos, donde Ciencia y Filosofía se entrecruzan.

Lo primero que hay que puntualizar es que el presente no existe. Parece una afirmación muy rotunda, pero está avalada por un simple ejemplo: Los enfermos  de Alzheimer con sus circuitos cerebrales de almacenamiento de información del pasado perdidos, sienten, ven, oyen, puede degustar un sabor, pero son incapaces de reconocer a un familiar o responder a una pregunta. Esto demuestra que sin las conexiones cerebrales que rescatan los recuerdos del pasado, no se puede saber lo que somos ahora. En realidad, todo sucede en el pasado, el presente como tal es pasado, debido al tiempo que se tarda en procesar los estímulos o planificar los actos que se quieren realizar.

Este planteamiento obliga a preguntar qué hace el cerebro cuando la memoria se pierde. Gracias a las cualidades del cerebro, éste puede ir más allá de lo aprendido y generalizar. Puede transformar las experiencias sin llegar ni si quiera a diferenciar lo que es verdadero y lo que es adquirido por los sentidos, o incluso lo que es inventado. Los interesantes trabajos del neurocientífico Ranulfo Romo con monos Rhesus en el laboratorio, demostraron que a más cantidad de estimulo menos descarga neuronal se produce. Esto pone a prueba la relación existente entre la emisión de un estímulo y la reacción de las neuronas al mismo. Los estudios demostraron que no se puede prestar atención al estimulo por siempre, que va disminuyendo el tiempo de atención y se termina por no hacer caso aunque el estímulo continúe. Esta teoría es aplicable a muchos aspectos cotidianos, por ejemplo no se puede comer siempre lo mismo ni mirar siempre al mismo lugar. Por eso, a veces se tiene la percepción de que nada cambia y la memoria se pierde.

Para generar una memoria de los sentidos, los estímulos sensoriales se centralizan en la corteza cerebral a partir de la información recibida por receptores convenientemente estimulados. Así,  los sabores se captan por medio de las papilas gustativas, situadas en la lengua. Los receptores olfativos interactúan con éstos. Los labios hipersensibles ayudan a localizar el alimento a los bebes. Sin embargo, el “receptor” más importante son las manos, básicas para la supervivencia del ser humano, así como útiles para reconocer el entorno, transmitir sentimientos y recibir estímulos.

Todos los receptores sensoriales conectan en la corteza cerebral con una zona determinada. A los más importantes, el cerebro les dedica más área y las yemas de los dedos son las que ocupan a un mayor número de neuronas. Estas áreas dedicadas a los receptores sensoriales  varían de una persona a otra y además varían en una misma persona a lo largo de su vida en función de su actividad. Así un panadero pierde sensibilidad al calor o un pianista o guitarrista adquiere más sensibilidad con la práctica al tocar el instrumento musical.

Sin embargo, a pesar de la importancia del tacto, el sentido más estimulado de todos es la vista, y desde muchos años atrás es al que más credibilidad se atribuye: “Ver para creer”. Con respecto a este sentido, también hay quien afirma categóricamente que los colores no existen como tales, que son producto del cerebro. En realidad, todas las percepciones físicas son producto del cerebro. La realidad construida por el cerebro humano no tiene por qué ser la misma que la realidad que construyen los cerebros de otros animales a través de sus receptores. Los colores no son la excepción con los que se crea una importante parte de la memoria.

Así, a lo largo de las historia y en las diferentes lenguas se encuentran términos para el blanco y negro, como representantes de la luz y la oscuridad. En tercer lugar aparece el rojo, seguido del verde y el amarillo. Sin embargo, para el azul, marrón, gris, naranja y rosado no se presta tanta atención, lo que apoya la teoría de una percepción diferente para los colores. Los colores se entienden como el producto de las diferentes longitudes de onda de la luz, pero no es sólo eso. Dentro de los ojos que reciben los rayos de luz, hay dos tipos de células receptoras. Los bastoncillos son las que absorben la luz sin apreciar variaciones. Sólo diferencian si hay luz o no, y se utilizan cuando la luz es escasa. Los conos, por su parte, son células que se clasifican según su sensibilidad a la luz roja, verde o azul. Los más sensibles son los que poseen receptores a la luz  azul, que si están muy saturados pueden percibirla como negro.

Además de diferenciar las distintas longitudes de onda, el ojo puede apreciar la cantidad de  fotones que recibe, interpretando esta cantidad como brillo. La longitud de onda más sensible al brillo es la del amarillo. Lo que se considera gris, son todas las longitudes de ondas juntas pero a poca intensidad, como una luz blanca poco intensa. El cerebro construye marrones cuando el ojo recibe rayos amarillos o naranjas a medio gas y poco brillantes, como un gris sucio. También los rayos de colores se mezclan con luz blanca y se obtiene el rosa, que es rojo con baja saturación. En otras palabras, las combinaciones son infinitas ya que las retinas son como paletas de mezclas: “Nosotros creamos el color”.

¿Y con respecto a los olores y sabores? Se ha creído durante mucho tiempo, que ciertos recuerdos vienen evocados por sabores de la infancia. Los neurólogos saben que las células gustativas tienen una baja capacidad de renovación, lo cual indica que el secreto del recuerdo recae en el olfato. Del mismo modo que para los colores, el sistema de receptores de la mucosa nasal juega un papel esencial. Estos receptores reconocen ciertos compuestos químicos y al estar conectados con zonas del cerebro, generan mapas de representación odorífica. Los recuerdos a partir del olfato se almacenan en la parte más antigua del cerebro. Así, al volver a percibir el olor de la infancia durante la edad adulta y estar los circuitos conectados, se rescatan las asociaciones auditivas, visuales y afectivas con el olfato. Por ello el olfato es de los primeros sentidos, el más enriquecido y esencial para la supervivencia. También consigue un sitio en el sistema límbico (lugar donde se gestionan los sentimientos), entrelazándose con fibras que procesan el placer.

Ranulfo Romo lleva más de treinta años trabajando en neurología de la percepción. Afirma que jamás podremos entendernos a nosotros mismos, ya que es “el cerebro tratando de entenderse a sí mismo”. Si éste nos engaña, nunca sabremos  si entendemos al cerebro o este permite que creamos que lo entendemos. Además, todo esto demuestra, que el mundo tal como lo conocemos no existe sin la memoria. Los sentidos han jugado para ello un papel fundamental.

Biblliogarfia:

Ranulfo Romo Trujillo (Ures, Sonora, 28 de agosto de 1954 – ) es un médico, investigador y académico mexicano. Se ha especializado en Neurofisiología.

Ha escrito más de un centenar de artículos para varias revistas internacionales y ha publicado seis libros, entre ellos:

  • Presynaptic inhibition and neural control, en colaboración con Pablo Rudomin y Lorne M. Mendell, en 1998.
  • Acople cerebro-computadoras: ¿matrimonio en ciernes?, en colaboración con Pablo Rudomin, en 2008.