Taste loss in the elderly: epidemiology, causes and consequences. Aging Clin Exp Res (2012); 24: 570-579.

Autores: Imoscopi A, Nelmen EM, Sergi G, Miotto F, Manzato E.

 

ARTÍCULO COMENTADO POR: FUENSANTA TRIGUEROS MOLINA. ALUMNA DEL GRADO DE CIENCIAS DE LA ACTIVIDAD FÍSICA Y DEPORTE (2016-2017). UNIVERSIDAD MIGUEL HERNÁNDEZ DE ELCHE

 

Los trastornos del gusto son comunes en personas mayores, pudiendo sufrir alteraciones o pérdidas de la capacidad para identificar el sabor dulce, salado, amargo, agrio y umami. A nivel epidemiológíco, los cambios de sabor se clasifican en tres categorías de diagnóstico: ageusia (perdida todal del sentido del gusto), hipogeusia (disminución de la capacidad gustativa) y disgeusia (distorsión del sentido del gusto). Estas deficiencias gustativas son causadas por el proceso de envejecimiento del sistema sensorial (50%), cambios fisiológicos producidos por el consumo de fármacos (21,7%), deficiencia en cinc (14,5%), enfermedades orales (7,4%), como la caries dental, las enfermedades gingivales y periodontales, y por último las enfermedades sistémicas (6,4%).

 

Con respecto al envejecimiento, la pérdida del gusto es comprensible que se asocie con cambios fisiológicos, como sucede con el estrechamiento y la sequedad de la mucosa oral debido a la disminución de la queratinazación y un adelgazamiento de la estructura epitetial. Además, la densidad de las papilas gustativas disminuye. Por otro lado, las enfermedades sistémicas son multifactoriales, lo que introduce una gran variabilidad. Se puede encontrar pérdida del gusto asociada a patologías del sistema nervioso central, por ejemplo cuando los pacientes ancianos sufren un accidente cerebrovascular isquémico o por la enfermedad del Parkinson. Respecto a alteraciones endocrinas, la hipogeusia aparece especialmente en los pacientes diabéticos. Con respecto al cáncer, la hipogeusia suele aparecer en pacientes con cáncer del pulmón (65%) y con cáncer de mama, cabeza y cuello (88-93%). En lo concerniente a patologías renales, hepáticas y cardiovasculares no se ha encontrado un consenso sobre una posible correlación entre hipertensión y mayor sensibilidad en el sentido del gusto salado. Finalmente, la hipogeusia se diagnostica en el 70% de los pacientes con síndrome de Sjögren (afecta al tracto gastrointestinal), en alteraciones reumatológicas, enfermedades respiratorias y virales.

 

Asimismo hay que señalar la trascendencia en los trastornos del gusto producidos por los medicamentos prescritos en enfermedades cardiovasculares, como los diuréticos, bloqueantes beta-adrenérgicos, antiarrítmicos, ibuprofeno o diclofenaco. Estos dos últimos provocan sensaciones amargas, saladas o agrias en el gusto. Los fármacos psicotrópicos y los agentes antibacterianos (por ejemplo las penicilinas)  producen trastornos del gusto, induciendo deficiencia en cinc y cobre. El fármaco antidiabético biguanida induce un sabor metálico en la boca. Por otra parte, también destacan las alteraciones sensoriales producidas por tratamientos como la quimioterapia, la radioterapia y la cirugía. Por último, se deben sumar los trastornos que causan los estilos de vida, como la mala higiene, el consumo abusivo de alcohol y el fumar. Aunque todavía no está claro si estas actividades interfieren plenamente en el sentido gustativo, existen estudios, como el de Haeing, donde se indica que los fumadores tienen un umbral más alto para los sabores amargos en la punta de la lengua, mientras que Nilsson localizó que el umbral para los sabores salados era más alto en el paladar blando.

 

Hasta la quinta década no suelen aparecer trastornos sensoriales asociados a patologías, posteriormente la capacidad sensorial suele disminuir por el envejecimiento, siendo más acusado en los varones. Los umbrales para detectar sabores agrios, salados y amargos aumentan con la edad, en cambio para los sabores dulces el umbral no parece estar vinculado con la edad. Ahora bien, la percepción decreciente de los sabores salados puede inducir a las personas mayores a condimentar sus alimentos con cantidades excesivas de sal. Las consecuencias de este comportamiento produce un mayor riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares y cerebrovasculares, un empeoramiento del perfil glucémico, una mayor mortalidad en diabéticos, mayor riesgo de osteoporosis y por último, un aumento del riego de cáncer gástrico.

 

Las personas mayores tienden a preferir los alimentos azucarados. Una disminución de la percepción del gusto es posible que provoque aumentar las dosis de azúcar en las bebidas y alimentos, causando un mayor riesgo de hiperglucemia en diabéticos, o de hipertensión en normotensos. También puede producir un empeoramiento del perfil de presión arterial en hipertensos o un mayor riesgo de sobrepeso en obesos. Con respecto a la percepción del gusto agrio, los umbrales de reconocimiento son mayores en varones y mujeres en la octava década de vida y en los ancianos que consumen fármacos constantemente. La disminución de esta percepción puede significar un aumento de consumo de alimentos y condimentos ácidos (cítricos y vinagre respectivamente) produciendo cambios en la acidez gástrica, entre otros aspectos. De igual modo la disminución del gusto amargo es posible que aumente el riesgo de ingestión de alimentos estropeados. Por último, la disminución de la percepción del gusto umami puede provocar la hiposalivación, pérdida de peso, desnutrición y reducción de la calidad de vida.